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Relato breve basado en Lobo Solitario

enero 16, 2012

Hace tiempo dirigí algunas partidas por mail a un par de amigos, basadas en los librojuegos de Lobo Solitario.

Aquí teneis el pequeño relato que nos sirvió de intro a la partida basada en el libro 3: “Las cavernas de Kalte”.

 

Para los curiosos, estos libros estan disponibles (con autorización del autor) aquí. (Ahora mismo no funciona … espero que sea algo temporal).

__________________________

PRIMERA SANGRE

El frío de habitación de piedra mordía las carnes del contrahecho mago con la misma ferocidad que un perro salvaje. Pero a Vonotar le gustaba el frío. Le ayudaba a concentrarse. Y en estos momentos la concentración era vital para dar el golpe de gracia a Sommerlund.

Sonrío mientras imaginaba la respuesta de sus antiguos compañeros del Gremio a su deserción. Traidor, le llamarían, renegado, …

En realidad el era el único que tenía una visión clara de lo que ocurría. El ascenso de los Señores de la Oscuridad era imparable. La resistencia era inútil. Sólo cabía doblarse como el junco o romperse como un palo seco.
Sin embargo, ni sus antiguos camaradas ni esos presuntuosos Señores del Kai lo entenderían nunca. Provocarían su propia destrucción y la de sus países.

Necios.

Algunos seguirían el destino de Lorem antes o después.
La guerra era inevitable, pero gracias a Vonotar sería breve, y el tendría un reino para gobernar.
Pero esos necios lo llamaban Vonotar el Traidor. ¿Traidor a que? ¿A una caduca orden de magos cortesanos que le negaron el liderazgo que se merecía? ¿A él? ¿Un maestro en los dos grandes tipos de magia?
Muchos hombres morirían, no se engañaba, pero nos sucederá a todos antes o después. Vonotar trago saliva. Tal vez no todos. Con el tiempo el poder de Helgedad sería suyo y nadie pondría freno a sus deseos. ¿Qué mejor gobernante que el más sabio de todos los hombres? ¿Qué reino más perfecto que el que durase para siempre? Y si se mostraba útil le ayudarían recuperar a su amada Ellenia, perdida en dimensiones sin nombre …

Volvió su atención a la bola de cristal que le permitiría localizar a los miembros del kai que hubiesen sobrevivido y destrozar sus mentes durante el sueño. Había tardado después del esfuerzo que le suponía haber ocultado el ataque a los señores del kai …

El sudor empezo a cubrir su frente y una sonrisa crispada se dibujo en sus labios.
Musitó suavemente, casi como acariciando las palabras:
- Sólo dos … los novicios de Halcón de Tormenta … habrá que ayudarles a reunirse con su mentor.

Lobo Silencioso yacía inquieto en el dormitorio que le habían asignado en Holmgard. Aguila Solitaria se agitaba dormitando entre las sábanas como una hoja arrastrada por el viento, en la habitación de al lado .

Veían una y otra vez las mismas escenas, sin poder cambiar nada, como si alguien se burlase de impotencia. El monasterio derruido, el principe moribundo, los refugiados huyendo, …

Entre la vorágine de imágenes y sonidos que poblaban sus sueños, uno destacó entre todos y acabó imponiéndose.

Un engendro de la oscuridad, un espectro de ojos incadescentes se acercaba hacía ellos con una espada negra en las esqueléticas manos.

- Debisteis perecer con vuestros compañeros. Os habrías ahorrado dolor.

Los dos monjes guerreros se encontraban petrificados y notaban una sensación parecida a la asfixia en sus pulmones. No podían moverse, y aunque pudieran hacerlo, ¿Qué podían hacer desarmados frente a este ser de ultratumba?

Cuando la distancia entre ellos llegó a un metro un repentino resplandor cegó a ambos.
En su forma onírica como helghast, Vonotar percibió una imagen parecida a un halcón … No estaba seguro. Pero en cuanto despareció el extraño resplandor se encontró con que los jovenes se movían y portaban espadas resplandecientes.

Enfurecido por lo inexplicable de la escena, Vonotar-helghast descargo un fuerte mandoble a dos manos, para encontrarse con que uno paraba el golpe con aparente facilidad, mientras el otro lanzaba un golpe al muslo izquierdo de Vonotar.

El dolor sacó al mago de su trance onírico y lo devolvió a su habitación. Papadeó sorprendido. Eran mucho más de lo que parecían, y alguna entidad los protegía sin ninguna duda.
Cuando apartó la mano la mano de la esfera, vió que se había rajado por completo, y en pocos instantes se deshacía en trocitos de cristal. No importaba. Tenía otras opciones menos peligrosas.

Vonotar era sobretodo un hombre práctico. Pondría a trabajar a sus espías. Sus esbirros estaban infiltrados en todas partes. No sobrevivirían al viaje.

Intentó sonreir para mostrar su desprecio hacia los somerlundeses pero el dolor de la herida en el muslo crispó el gesto y lo transformó en una mueca de dolor.

Su mano palpó la herida y se llenó de sangre.

 

Relato: Un viejo amigo

marzo 31, 2010

Rebuscando en un backup me he encontrado con otro relato que escribí hace tiempo. No tiene nada que ver con el rol, pero me ha gustado mirarlo y recordar alguna anécdota que me sirvió de base para escribirlo.

__________

UN VIEJO AMIGO

Rómulo siempre había jugado desde pequeño con coches. Cuando sus padres le querían tener entretenido, le llevaban a su pueblo y le dejaban jugando con cochecitos de madera medio rotos. A medida que Rómulo crecía, su afición aumentaba, y ya no se conformaba con juguetes pequeños.

Más de un golpetazo había sembrado de cardenales sus brazos y piernas al descender por la cuesta del pueblo, la que llevaba a la plaza, en un cajón con ruedas que le había hecho su tío Alberto.

El traqueteo de las ruedas se transformó en el rugido de un viejo cuatro caballos, pero que a él, con dieciséis años le parecía que rugía con la fuerza de un león. Su tío, a escondidas, le llevaba a las eras y le enseñaba a cambiar las marchas, a girar con suavidad,…

Cuando su padre se enteró, a él y al tío Alberto les cayó una bronca descomunal. Pero al poco tiempo su padre le empezó a enseñar a llevar el coche familiar. Su tío, todavía un poco escocido por lo anterior, decía “Ya ves que le enseñé bien, el chico tiene buenos reflejos,…” y se callaba cuando el padre de Rómulo le dirigía una de sus famosas miradas, capaces de hacerte sentir como una barca de pesadores en mitad de una tempestad.

Siendo algo mayor con veintiún años, su padre ya no pudo decirle nada cuando sacó el carné de conducir con su propio dinero. Estuvo trabajando como ayudante para un pintor del pueblo y había ido ahorrando hasta conseguir reunir la suficiente cantidad. Su padre no terminaba de creérselo. Rómulo mostraba una tenacidad con los coches que no aparecía en ninguna otra actividad de las que realizaba.

Tras sacar el carné de conducir, su padre pensó que era mejor empezar a aceptar lo que quería su hijo. Le compró un Seat de segunda mano, en buen estado, revisado por un mecánico de confianza, y durante unos meses Rómulo y su coche se convirtieron en inseparables.

Todo iba bien, y a Rómulo le empezaron a pedir que llevase algunos recados en su coche desde el pueblo a la ciudad. Empezó con cosas pequeñas, hortalizas, frutas,… hasta acabar llevando pasajeros, sobretodo gente mayor. Él lo hacía encantado, la carretera le ayuda a pensar. Era como poder desconectar de su cuerpo y mientras una parte de su cerebro veía y reaccionaba ante el tráfico, otra se acordaba de canciones, amigos, novietas,…

A él siempre le había gustado a gente mayor, le recordaban a su abuelo. Y al tractor de su abuelo. Una máquina hermosa, llena de sencillez y poderosa a la vez. Por eso no quería cobrar a los abuelos que llevaba. Pero todo el mundo le daba algo. Algunos le pagan en especie, unos huevos, leche, fruta, algo de cerdo de la matanza… y muchas veces insistían para que les dejase pagarles o le invitaban durante varios días en la tienda del pueblo o en el bar de Ramón si se negaba.

En definitiva, Rómulo era una persona querida por su gente. Pero no se puede vivir del aire. Buscó trabajo en varios sitios, de camarero, en la construcción, de pintor, incluso de ayudante de mecánico, pero a pesar de que nadie tenía queja de él, una vocecilla le decía que no era eso lo que quería hacer durante toda la vida. Se imaginaba pasando los años así y algo en su interior le decía que no era para él.

Un día, jugando la partida donde Ramón, su tío le dijo:

-          Coño, chavalín, no se que haces perdiendo el tiempo con sus trabajitos, están buscando conductores para los autobuses de la ciudad, y a ti te gusta el volante más que una teta. ¿Por qué no te presentas a ver si hay suerte?

Y así, el chavalín, que ya tenía veintiséis años, se presento a las pruebas de conductor de autobús. Allí había bastante gente, y no tenía muchas esperanzas de que pudiese conseguir entrar. Cuando llego su turno, le pusieron al volante de un viejo autobús. Que sensación. No se había imaginado que le impresionase tanto un autobús. A él, que no le gustaba ir de viajero. Fue algo impresionante. Desde luego, dejo impresionado al examinador. Y al resto de aspirantes a los que casi atropella.

- Pero bueno niñato ¿Tu sabes conducir esto? ¿Tienes carné? – le recriminó el encargado-.

Y Rómulo volvió al pueblo avergonzado. Pero, con un objetivo. Un año después, ya con el carné “D”, volvió a presentarse a las pruebas.

Con el mismo examinador.

Cuando le vio, Rómulo sintió como si su cuerpo se hubiese convertido en gelatina.  Al llegarle el momento, respiró lentamente y maniobró por la ciudad bajo la atenta mirada del encargado. Cuando volvió a las cocheras, observó que las manos del hombre sudaban mientras se aferraban con fuerza a un asiento.

- No ha estado mal.

Esa fue la única respuesta que recibió.

Para su sorpresa, tres semanas después le llamaron.

Ahora, tras el paso del tiempo, se daba cuenta de la enorme necesidad que tenían en esos momentos para cubrir nuevos trayectos. Sólo eso explicaba que hubiesen cogido a alguien son experiencia como él. Al principio, como novato, le tocaron los peores recorridos. En principio por la provincia, acabó conociendo las montañas como si fuesen de la familia. Con la práctica, llegaba a dar giros que hacían que pasajeros dudasen que todas las ruedas estuvieran apoyadas en el suelo. Eso sí, ponía su alma en lo que hacía y si lo veía mal, paraba y hacía noche donde tocase.

Como se solía decir, era mejor perder un minuto en la vida, que al revés.

Los años fueron pasando, y las anécdotas se acumulaban en su autobús.

Recordaba esa víspera de Nochebuena, en la que había prometido a su mujer que llegaría a casa y una enorme nevada le venía pisando los talones. Por la radio oyó como los autobuses que debía salir detrás, sólo con media hora de diferencia, no pudieron salir. Y esa pareja mayor, dos puestos por detrás del suyo, el un bendito, ella…

Ella sentada al lado de su marido, que debía haber sido como  mínimo Gengis Khan en otra vida.

-          Pepín que no llegamos.

-          Tranquila mujer.

-          Tu es que naciste sin sangre en las venas Pepín.

-          Si, cariño.

-          No me tomes el pelo Pepín, que te digo que no llegamos.

-          Hmmm …

-          ¡Ay Pekín!

Y así doscientos kilómetros.

Hasta que llegaron, a las tres de la mañana a otra ciudad. Parada obligatoria por descanso.

Al bajar a estirar las piernas, dos docenas de personas se lanzaron a por él.

-          Llega media hora tarde, tenemos que coger un vuelo con destino a …

Rómulo parpadeó.

-          No señora, yo no recojo aquí, eso es el siguiente, que no ha podido salir.

-          ¡USTED ME LLEVA AL AEROPUESTO!

Tras media hora y doscientos ¡Ay Pekín!, tras conseguir que la turba se quitase de delante del autobús, asegurándoles que si cogían un taxi entre varios atención al cliente se lo reembolsaría, reinició la marcha.

-          ¡Ay Pepín! Pensé que nos quedábamos …

-          ¡NI PEPÍN NI PEPÓN! O te callas o te bajo yo.

Rómulo nunca agradeció lo bastante al marido ese momento, que le garantizo un viaje sin ese molesto soniquete.

Por supuesto, le habían pasado muchas más anécdotas, tanto buenas como malas, desde atender un parto en el propio bus hasta auxiliar al encontrarse con un compañero accidentado.

Por lo general habían sido buenos momentos los que atesoraba, y todos en el mismo bus. Con él había salido de España con las excursiones de los colegios (no podía olvidarse de ese chico que tras parar en la gasolinera y fumarse un “cigarrito” había quedado demasiado “relajado” y se lo había hecho encima. Un viaje de mierda en todo el sentido de la palabra), había llevado excursiones de los abuelos,… en definitiva había recorrido mundo.

Y ahora, con cuarenta y pocos, le prejubilaban. El tabaco, nunca había podido dejarlo. Le dijeron que le funcionaban solamente un veinte por ciento de los pulmones. Así que a la calle. Prejubilado.

Encargado de otras funciones: jornada reducida atendiendo la ventanilla.

Pero hoy era distinto. Álvarez, que así se apellidaba el que le había examinado se acercó a la ventanilla.

-          Oye, tu autobús. Que hay que llevarlo al asilo. Si quieres puedes llevarlo tú, con cuidado ¿eh?

El “asilo” era una explanada en un pueblecito donde quedaban los vehículos obsoletos, una vez se aprovechaba todo lo que tenían hasta que finalmente se les llevaba al desguace. Algunos decían que los enviaban a África y allí continuaban durante diez o veinte años más.

Rómulo sintió una punzada de pena, como si le dijesen que una familiar estaba grave. Con temor reverencial, se acercó hasta su autobús y acarició el volante.

Durante un instante le pareció que volvía a estar lleno de gente, chavales, abuelos,… todas las personas que habían pasado por allí, incluso los aypepines y el chaval del apretón.

Pero fue sólo un momento.

Allí sólo estaban el viejo autobús y un joven prejubilado con los pulmones ennegrecidos.

Lentamente arrancó y con delicadeza salió de la cochera.

Condujo sin prisa, disfrutando de cada detalle, de cada sonido del motor, de cada olor que le recordaba cuantas horas había pasado allí, hasta el extremo de que el asiento tenía la forma de su cuerpo, como si hubiese salido de fábrica así.

Orgulloso, avanzaba por la carretera, guiando a ese compañero que nunca le había dejado tirado, una máquina de una pie…

El motor se ahogó en ese momento.

La velocidad, descendió lentamente.

El vehículo se paró en mitad de una recta, casi con dulzura.

Rómulo no se lo podía creer. No ahora, no justo al final. Salió para mirar el motor. Estaba reventado. No había nada que hacer. Estaba muerto. Luchó para que sus ojos siguiesen libres de lágrimas, no sabía si de frustración, de rabia o de pena.

Cuando le dio la espalda al motor, irracionalmente enfadado con él, vio a curva que le esperaba a doscientos metros. No era una curva muy peligrosa, pero tenía en el margen externo un terraplén bastante pronunciado. Si el motor hubiese fallado allí, la inercia de la fuerza centrífuga le habría arrojado hacia el vacío.

Su autobús le había salvado. Con su último aliento. Emocionado, se dio cuenta de que estaba llorando.

Se sintió como si un viejo amigo hubiese muerto.

A partir de ese día, poco a poco, Rómulo se convirtió en un viejo. Un viejecito de esos que todos los niños querrían tener como abuelo. Siguió trabajando unas pocas horas en la taquilla y cuando su mujer, Marta, se despistaba, se metía en algún autobús, sólo para hacer la ruta como pasajero, sin ir a ningún sitio.

Cuando Marta tuvo el infarto, Rómulo empleaba todo su tiempo libre en hacer viajes como pasajero, por las montañas, incluso fuera de España.

En una ruta corta, cercana al “asilo”, se lo encontraron muerto en el asiento. Parecía dormido, con una sonrisa en la cara y la cartera abierta, con una foto de su mujer y otra suya, de joven en el autobús.

El Asesino de Héroes (relato)

marzo 12, 2010

El archivo adjunto es un pdf con un relato que apareció publicado en NSR (con una pequeña continuación inédita hasta hoy).

EL ASESINO DE HEROES-relato-

Esta claramente inspirado por los comics de Watchmen y el halo crepuscular de comics como “El regreso de señor de la noche” (Batman, por Frank Miller) que creo y espero estará presente  en las dos aventuras de supers que tiene NSR en preparación (Pax y Ultraviolencia).

Relato: Tukuloa

enero 21, 2010

Bueno, una de las cosas que quiero meter en el blog son los relatos que tengo por ahí desperdigados.

Uno de ellos, ha sido recientemente públicado por la editorial Saco de Huesos, en un recopilatorio de algunos cuentos del concurso “Monstruos de la Razón I”

http://www.sacodehuesos.com/aquelarre/monstruos-de-la-razon-1.html

Adjunto las dos versiones del relato, siendo la enviada y publicada, la segunda.

TUKULOA 2

Día 58

Querida Dafne:

No puedo imaginarme un lugar del mundo donde haga más calor que en África. Es húmedo y pegajoso, y no desaparece ni siquiera durante la noche.  Como un vampiro que se alimenta de tu energía y te deja exhausto.

Como ya he apuntado en estas hojas durante estos dos meses, estoy desorientado. Cuando empezó esta expedición, tenía las ideas muy claras: un grupo de ricos turistas había desaparecido en la selva y el gobierno de turno de este pequeño país no parecía obtener resultados. Así que, la adinerada familia de uno de los desaparecidos había organizado su propia expedición de rescate. Una veintena de individuos de lo más variopinto acudimos al sonido del dinero: ex-soldados, cazadores… tipos capaces de desayunarse un león y tener estómago para cenarse un leopardo. Pero tras dos meses, no quedábamos veinte. Uno había muerto debido a mordeduras de serpiente, cuatro estaban hospitalizados por un accidente con el jeep y dos había abandonado la expedición por estar “maldita”.

Quedamos trece. No soy supersticioso pero es mal número.

Día 60

Hoy hemos encontrado restos de un jeep y parece coincidir con uno de los tres Land Rover que llevaban los desaparecidos . No tenemos datos que arrojen luz sobre esta situación. Ayer encontramos un pequeña aldea y desoyendo las recomendaciones de los exploradores sobre la ferocidad de los indígenas, nos acercamos con el ánimo de conseguir algo de información a cambio de unas baratijas. Me ofrecí voluntario para formar parte de la avanzadilla. La aldea era realmente grande y estaba situada en un pequeño valle. Con precaución nos acercamos para encontrarnos con que la aldea estaba prácticamente deshabitada. Al parecer sólo quedaban unos pocos ancianos que se resguardaron en las cabañas. Uno de los exploradores, un alemán cuyo nombre no consigo pronunciar, se puso nervioso con tanto silencio. Le escuché maldecir en su lengua natal y después en un inglés con marcado acento, decir algo sobre esos “malditos Neanthertales”. Los nativos empezaron a gritar algo así como “Tukuloa” y los nervios de Herman, como secretamente le bauticé, parecía a punto de romperse. Avanzamos hasta el centro del poblado chapurreando las distintas palabras que conocíamos en los dialectos de la zona. No conseguimos ninguna respuesta, excepto el continuo “Tukuloa” que parecía martillearnos los tímpanos.

En el centro del poblado encontramos un tótem rodeado de cráneos. “¡Caníbales!” dijo Herman con un entrecortado sollozo. La verdad es que notaba cada vez más fuerte el temblor de mis rodillas y cómo las sienes me zumbaban debido al martilleo de mi corazón. Justo en ese momento surgió de una de las cabañas un hombre mayor, casi un esqueleto andante que nos señalo y gritó por encima del estrépito “¡TUKULOA!”. Fue demasiado para el alemán. Con los nervios destrozados disparó hacia el anciano. Todo sucedió muy rápido. No sé si le mató o no, pero le alcanzó en el pecho y el anciano cayó dentro de la cabaña. El griterío ensordecedor desapareció. Otro de nuestros compañeros, más entero sin duda, recogió los cuatro cráneos y empezó a gritar que saliésemos de allí. Temblorosos y con las pistolas desenfundadas salimos de aquel reducto del infierno.

Al llegar, el jefe de la expedición, al que todos llaman “El Viejo” nos felicitó y celebramos el fin del viaje con un poco de brandy. Cuando casi me había recuperado del susto gracias a unos cuantos tragos de alcohol, el viejo me miró con esos ojos grises que parecen sacarte las entrañas cuando se enfurece y me preguntó qué creía yo que significaba “Tukuloa”.

Me encogí de hombros y le dije que esperaba que no significase comida. La broma no tenía gracia y nadie se rió. Desde luego el viejo sabe como estropear una buena borrachera.

Día 61

Toda nuestra alegría de ayer, se ha transformado en decepción. El médico de la expedición, al que todo el mundo llama Doc,  aunque no estoy seguro de que haya pisado alguna vez una Facultad de Medicina, dice que los cráneos no son de los que buscamos. Según él, no pertenecen a hombres caucásicos, y llevan varios años sin carne. Manipulándolos con la misma confianza que un cocinero sus cacharros, agarró por las fosas uno de los cráneos y nos mostró un agujero.

- Observad los bordes. Si de verdad fuesen recientes los bordes serían más claros que el resto del cráneo. Os habéis confundido de cabeza.

Y lo dijo todo con una sonrisa, como quien habla de tomar café al lado del trabajo.

El Viejo se cabreó.

Sobretodo con Herman y conmigo, como si tuviésemos la culpa…

Día 65

Diría que hemos tenido suerte… pero no me atrevo. Hemos encontrado los restos del grupo que buscábamos. Por supuesto,  estaban muertos. Lo imaginábamos desde el principio. No puedo decir que no se lo mereciesen. Nadie nos había dicho qué hacían en un safari en este lugar olvidado. Los dos todo terreno estaban acribillados  por jabalinas y flechas, y los cuerpos los pudimos identificar por lo que quedaba de ropa y alguna joya. Los salvajes no los habían tocado, se habían limitado a matarlos como a perros rabiosos. El resto lo habían hecho las bestias. Ni siquiera habían retirado los trofeos del siniestro deporte que practicaban los “civilizados” hombres blancos: la caza de nativos. Me sentía mareado, con ganas de vomitar.

Entonces nos llegó un rumor lejano, como si lo centenares de gargantas lo gritasen a kilómetros de distancia… “¡Tukuloa! “

Dia 70

Llevo varios días sin dormir. El sonido nos persigue sin que veamos a uno sólo de nuestros hostigadores. Herman se pasa el día entero temblando y lloriqueando.

El Viejo me ha vuelto a preguntar qué creo que significa Tukuloa.

No he  podido evitar la respuesta.

Demonio.

Estimada Srta. Dafne Lawson:

Adjuntamos los restos del diario de su tristemente desaparecido prometido, Thomas Carlyte. A pesar de no haber encontrado ningún cadáver, las anotaciones en él contenidas y las numerosas manchas de sangre halladas en  el diario no hacen si no confirmar lo que todos hemos temido durante estos diez años de búsqueda infructuosa.

Nuevamente, deseamos expresarle nuestras condolencias.

Atentamente

Arthur Gordon

Gordon & Co. Ltd.

TUKULOA

Día 58

Querida Dafne:

No puedo imaginarme un lugar del Universo donde haga más calor que en Aprime. Es húmedo y pegajoso, y no desaparece ni siquiera durante la noche.  Como un vampiro que se alimenta de tu energía y te deja exhausto.

Como ya he apuntado en estas capsulas de datos  durante estos dos meses, estoy desorientado. Cuando empezó esta expedición, tenía las ideas muy claras: un grupo de ricos turistas había desaparecido en el planeta y el gobierno de turno de este pequeño mundo no parecía obtener resultados. Así que, la adinerada familia de uno de los desaparecidos había organizado su propia expedición de rescate. Una veintena de individuos de lo más variopinto acudimos al sonido del dinero: ex-soldados, cazadores… tipos capaces de desayunarse un neoleón y tener estómago para cenarse un cy-leopard. Pero tras dos meses, no quedábamos los veinte. Uno había muerto debido a mordeduras de serpientes, cuatro estaban hospitalizados por un accidente con el jeep y dos había abandonado la expedición por estar “maldita”.

Quedamos trece. No soy supersticioso pero es mal número.

Día 60

Hoy hemos encontrado restos de un jeep y parece coincidir con uno de los tres que llevaban los desaparecidos. Todo sería más rápido si los scanners funcionasen en esta maldito lugar. No tenemos datos que arrojen luz sobre esta situación. Ayer encontramos un pequeña aldea y desoyendo las recomendaciones de los exploradores sobre la ferocidad de los indígenas, nos acercamos con el ánimo de conseguir algo de información a cambio de unas baratijas. Me ofrecí voluntario para formar parte de la avanzadilla. La aldea era realmente grande y estaba situada en un pequeño valle. Con precaución nos acercamos para encontrarnos con que la aldea estaba prácticamente deshabitada. Al parecer sólo quedaban unos pocos ancianos que se resguardaron en las cabañas. Uno de los exploradores, un alemán cuyo nombre no consigo pronunciar, se puso nervioso con tanto silencio. Le escuché maldecir en su lengua natal y después en un inglés con marcado acento, decir algo sobre esos “malditos Neanthertales”. Los nativos empezaron a gritar algo así como “Tukuloa” y los nervios de Herman, como secretamente le bauticé, parecían a punto de romperse. Avanzamos hasta el centro del poblado chapurreando las distintas palabras que conocíamos en los dialectos de la zona. No conseguimos ninguna respuesta, excepto el continuo “Tukuloa” que parecía martillearnos los tímpanos.

En el centro del poblado encontramos un tótem rodeado de cráneos. “¡Caníbales!” dijo Herman con un entrecortado sollozo. La verdad es que notaba cada vez más fuerte el temblor de mis rodillas y cómo las sienes me zumbaban debido al martilleo de mi corazón. Justo en ese momento surgió de una de las cabañas un hombre mayor, casi un esqueleto andante que nos señalo y gritó por encima del estrépito “¡TUKULOA!”. Fue demasiado para el alemán. Con los nervios destrozados disparó hacia el anciano. Todo sucedió muy rápido. No sé si le mató o no, pero le alcanzó en el pecho y el anciano cayó dentro de la cabaña. El griterío ensordecedor desapareció. Otro de nuestros compañeros, más entero sin duda, recogió los cuatro cráneos y empezó a gritar que saliésemos de allí. Temblorosos y con las pistolas desenfundadas salimos de aquel reducto del infierno.

Al llegar, el jefe de la expedición, al que todos llaman “El Viejo” nos felicitó y celebramos el fin del viaje con un poco de brandy. Cuando casi me había recuperado del susto gracias a unos cuantos tragos de alcohol, el viejo me miró con esos ojos grises que parecen sacarte las entrañas cuando se enfurece y me preguntó qué creía yo que significaba “Tukuloa”.

Me encogí de hombros y le dije que esperaba que no significase comida. La broma no tenía gracia y nadie se rió. Desde luego el viejo sabe como estropear una buena borrachera.

Día 61

Toda nuestra alegría de ayer, se ha transformado en decepción. El médico de la expedición, al que todo el mundo llama Doc,  aunque no estoy seguro de que haya visitado alguna vez un Aula Virtual de Medicina, dice que los cráneos no son de los que buscamos. Según él, no pertenecen a terráqueos, y llevan varios años sin carne. Manipulándolos con la misma confianza que un cocinero sus cacharros, agarró por las fosas uno de los cráneos y nos mostró un agujero.

- Observad los bordes. Si de verdad fuesen recientes los bordes serían más claros que el resto del cráneo. Os habéis confundido de cabeza.

Y lo dijo todo con una sonrisa, como quien habla de tomar café al lado del trabajo.

El Viejo se cabreó.

Sobretodo con Herman y conmigo, como si tuviésemos la culpa…

Día 65

Diría que hemos tenido suerte… pero no me atrevo. Hemos encontrado los restos del grupo que buscábamos. Por supuesto,  estaban muertos. Lo imaginábamos desde el principio. No puedo decir que no se lo mereciesen. Nadie nos había dicho qué hacían en un safari en este lugar olvidado. Los dos todo terreno estaban acribillados  por jabalinas y flechas, y los cuerpos los pudimos identificar por lo que quedaba de ropa y alguna joya. Los salvajes no los habían tocado, se habían limitado a matarlos como a perros rabiosos. El resto lo habían hecho las bestias. Ni siquiera habían retirado los trofeos del siniestro deporte que practicaban los “civilizados” hombres de la Tierra: la caza de nativos. Me sentía mareado, con ganas de vomitar.

Entonces nos llegó un rumor lejano, como si lo centenares de gargantas lo gritasen a kilómetros de distancia… “¡Tukuloa! “

Dia 70

Llevo varios días sin dormir. El sonido nos persigue sin que veamos a uno sólo de nuestros hostigadores. Herman se pasa el día entero temblando y lloriqueando.

El Viejo me ha vuelto a preguntar qué creo que significa Tukuloa.

No he  podido evitar la respuesta.

Demonio.

Estimada Srta. Dafne Lawson:

Adjuntamos los restos de la datacapsulas del diario de su tristemente desaparecido prometido, Thomas Carlyte. A pesar de no haber encontrado ningún cadáver, las anotaciones en él contenidas y las numerosas manchas de sangre halladas  no hacen si no confirmar lo que todos hemos temido durante estos diez años de búsqueda infructuosa.

Nuevamente, deseamos expresarle nuestras condolencias.

Atentamente

Arthur Gordon

Gordon & Pym. Ltd.


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