Relato: Un viejo amigo

Rebuscando en un backup me he encontrado con otro relato que escribí hace tiempo. No tiene nada que ver con el rol, pero me ha gustado mirarlo y recordar alguna anécdota que me sirvió de base para escribirlo.

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UN VIEJO AMIGO

Rómulo siempre había jugado desde pequeño con coches. Cuando sus padres le querían tener entretenido, le llevaban a su pueblo y le dejaban jugando con cochecitos de madera medio rotos. A medida que Rómulo crecía, su afición aumentaba, y ya no se conformaba con juguetes pequeños.

Más de un golpetazo había sembrado de cardenales sus brazos y piernas al descender por la cuesta del pueblo, la que llevaba a la plaza, en un cajón con ruedas que le había hecho su tío Alberto.

El traqueteo de las ruedas se transformó en el rugido de un viejo cuatro caballos, pero que a él, con dieciséis años le parecía que rugía con la fuerza de un león. Su tío, a escondidas, le llevaba a las eras y le enseñaba a cambiar las marchas, a girar con suavidad,…

Cuando su padre se enteró, a él y al tío Alberto les cayó una bronca descomunal. Pero al poco tiempo su padre le empezó a enseñar a llevar el coche familiar. Su tío, todavía un poco escocido por lo anterior, decía “Ya ves que le enseñé bien, el chico tiene buenos reflejos,…” y se callaba cuando el padre de Rómulo le dirigía una de sus famosas miradas, capaces de hacerte sentir como una barca de pesadores en mitad de una tempestad.

Siendo algo mayor con veintiún años, su padre ya no pudo decirle nada cuando sacó el carné de conducir con su propio dinero. Estuvo trabajando como ayudante para un pintor del pueblo y había ido ahorrando hasta conseguir reunir la suficiente cantidad. Su padre no terminaba de creérselo. Rómulo mostraba una tenacidad con los coches que no aparecía en ninguna otra actividad de las que realizaba.

Tras sacar el carné de conducir, su padre pensó que era mejor empezar a aceptar lo que quería su hijo. Le compró un Seat de segunda mano, en buen estado, revisado por un mecánico de confianza, y durante unos meses Rómulo y su coche se convirtieron en inseparables.

Todo iba bien, y a Rómulo le empezaron a pedir que llevase algunos recados en su coche desde el pueblo a la ciudad. Empezó con cosas pequeñas, hortalizas, frutas,… hasta acabar llevando pasajeros, sobretodo gente mayor. Él lo hacía encantado, la carretera le ayuda a pensar. Era como poder desconectar de su cuerpo y mientras una parte de su cerebro veía y reaccionaba ante el tráfico, otra se acordaba de canciones, amigos, novietas,…

A él siempre le había gustado a gente mayor, le recordaban a su abuelo. Y al tractor de su abuelo. Una máquina hermosa, llena de sencillez y poderosa a la vez. Por eso no quería cobrar a los abuelos que llevaba. Pero todo el mundo le daba algo. Algunos le pagan en especie, unos huevos, leche, fruta, algo de cerdo de la matanza… y muchas veces insistían para que les dejase pagarles o le invitaban durante varios días en la tienda del pueblo o en el bar de Ramón si se negaba.

En definitiva, Rómulo era una persona querida por su gente. Pero no se puede vivir del aire. Buscó trabajo en varios sitios, de camarero, en la construcción, de pintor, incluso de ayudante de mecánico, pero a pesar de que nadie tenía queja de él, una vocecilla le decía que no era eso lo que quería hacer durante toda la vida. Se imaginaba pasando los años así y algo en su interior le decía que no era para él.

Un día, jugando la partida donde Ramón, su tío le dijo:

–          Coño, chavalín, no se que haces perdiendo el tiempo con sus trabajitos, están buscando conductores para los autobuses de la ciudad, y a ti te gusta el volante más que una teta. ¿Por qué no te presentas a ver si hay suerte?

Y así, el chavalín, que ya tenía veintiséis años, se presento a las pruebas de conductor de autobús. Allí había bastante gente, y no tenía muchas esperanzas de que pudiese conseguir entrar. Cuando llego su turno, le pusieron al volante de un viejo autobús. Que sensación. No se había imaginado que le impresionase tanto un autobús. A él, que no le gustaba ir de viajero. Fue algo impresionante. Desde luego, dejo impresionado al examinador. Y al resto de aspirantes a los que casi atropella.

– Pero bueno niñato ¿Tu sabes conducir esto? ¿Tienes carné? – le recriminó el encargado-.

Y Rómulo volvió al pueblo avergonzado. Pero, con un objetivo. Un año después, ya con el carné “D”, volvió a presentarse a las pruebas.

Con el mismo examinador.

Cuando le vio, Rómulo sintió como si su cuerpo se hubiese convertido en gelatina.  Al llegarle el momento, respiró lentamente y maniobró por la ciudad bajo la atenta mirada del encargado. Cuando volvió a las cocheras, observó que las manos del hombre sudaban mientras se aferraban con fuerza a un asiento.

– No ha estado mal.

Esa fue la única respuesta que recibió.

Para su sorpresa, tres semanas después le llamaron.

Ahora, tras el paso del tiempo, se daba cuenta de la enorme necesidad que tenían en esos momentos para cubrir nuevos trayectos. Sólo eso explicaba que hubiesen cogido a alguien son experiencia como él. Al principio, como novato, le tocaron los peores recorridos. En principio por la provincia, acabó conociendo las montañas como si fuesen de la familia. Con la práctica, llegaba a dar giros que hacían que pasajeros dudasen que todas las ruedas estuvieran apoyadas en el suelo. Eso sí, ponía su alma en lo que hacía y si lo veía mal, paraba y hacía noche donde tocase.

Como se solía decir, era mejor perder un minuto en la vida, que al revés.

Los años fueron pasando, y las anécdotas se acumulaban en su autobús.

Recordaba esa víspera de Nochebuena, en la que había prometido a su mujer que llegaría a casa y una enorme nevada le venía pisando los talones. Por la radio oyó como los autobuses que debía salir detrás, sólo con media hora de diferencia, no pudieron salir. Y esa pareja mayor, dos puestos por detrás del suyo, el un bendito, ella…

Ella sentada al lado de su marido, que debía haber sido como  mínimo Gengis Khan en otra vida.

–          Pepín que no llegamos.

–          Tranquila mujer.

–          Tu es que naciste sin sangre en las venas Pepín.

–          Si, cariño.

–          No me tomes el pelo Pepín, que te digo que no llegamos.

–          Hmmm …

–          ¡Ay Pekín!

Y así doscientos kilómetros.

Hasta que llegaron, a las tres de la mañana a otra ciudad. Parada obligatoria por descanso.

Al bajar a estirar las piernas, dos docenas de personas se lanzaron a por él.

–          Llega media hora tarde, tenemos que coger un vuelo con destino a …

Rómulo parpadeó.

–          No señora, yo no recojo aquí, eso es el siguiente, que no ha podido salir.

–          ¡USTED ME LLEVA AL AEROPUESTO!

Tras media hora y doscientos ¡Ay Pekín!, tras conseguir que la turba se quitase de delante del autobús, asegurándoles que si cogían un taxi entre varios atención al cliente se lo reembolsaría, reinició la marcha.

–          ¡Ay Pepín! Pensé que nos quedábamos …

–          ¡NI PEPÍN NI PEPÓN! O te callas o te bajo yo.

Rómulo nunca agradeció lo bastante al marido ese momento, que le garantizo un viaje sin ese molesto soniquete.

Por supuesto, le habían pasado muchas más anécdotas, tanto buenas como malas, desde atender un parto en el propio bus hasta auxiliar al encontrarse con un compañero accidentado.

Por lo general habían sido buenos momentos los que atesoraba, y todos en el mismo bus. Con él había salido de España con las excursiones de los colegios (no podía olvidarse de ese chico que tras parar en la gasolinera y fumarse un “cigarrito” había quedado demasiado “relajado” y se lo había hecho encima. Un viaje de mierda en todo el sentido de la palabra), había llevado excursiones de los abuelos,… en definitiva había recorrido mundo.

Y ahora, con cuarenta y pocos, le prejubilaban. El tabaco, nunca había podido dejarlo. Le dijeron que le funcionaban solamente un veinte por ciento de los pulmones. Así que a la calle. Prejubilado.

Encargado de otras funciones: jornada reducida atendiendo la ventanilla.

Pero hoy era distinto. Álvarez, que así se apellidaba el que le había examinado se acercó a la ventanilla.

–          Oye, tu autobús. Que hay que llevarlo al asilo. Si quieres puedes llevarlo tú, con cuidado ¿eh?

El “asilo” era una explanada en un pueblecito donde quedaban los vehículos obsoletos, una vez se aprovechaba todo lo que tenían hasta que finalmente se les llevaba al desguace. Algunos decían que los enviaban a África y allí continuaban durante diez o veinte años más.

Rómulo sintió una punzada de pena, como si le dijesen que una familiar estaba grave. Con temor reverencial, se acercó hasta su autobús y acarició el volante.

Durante un instante le pareció que volvía a estar lleno de gente, chavales, abuelos,… todas las personas que habían pasado por allí, incluso los aypepines y el chaval del apretón.

Pero fue sólo un momento.

Allí sólo estaban el viejo autobús y un joven prejubilado con los pulmones ennegrecidos.

Lentamente arrancó y con delicadeza salió de la cochera.

Condujo sin prisa, disfrutando de cada detalle, de cada sonido del motor, de cada olor que le recordaba cuantas horas había pasado allí, hasta el extremo de que el asiento tenía la forma de su cuerpo, como si hubiese salido de fábrica así.

Orgulloso, avanzaba por la carretera, guiando a ese compañero que nunca le había dejado tirado, una máquina de una pie…

El motor se ahogó en ese momento.

La velocidad, descendió lentamente.

El vehículo se paró en mitad de una recta, casi con dulzura.

Rómulo no se lo podía creer. No ahora, no justo al final. Salió para mirar el motor. Estaba reventado. No había nada que hacer. Estaba muerto. Luchó para que sus ojos siguiesen libres de lágrimas, no sabía si de frustración, de rabia o de pena.

Cuando le dio la espalda al motor, irracionalmente enfadado con él, vio a curva que le esperaba a doscientos metros. No era una curva muy peligrosa, pero tenía en el margen externo un terraplén bastante pronunciado. Si el motor hubiese fallado allí, la inercia de la fuerza centrífuga le habría arrojado hacia el vacío.

Su autobús le había salvado. Con su último aliento. Emocionado, se dio cuenta de que estaba llorando.

Se sintió como si un viejo amigo hubiese muerto.

A partir de ese día, poco a poco, Rómulo se convirtió en un viejo. Un viejecito de esos que todos los niños querrían tener como abuelo. Siguió trabajando unas pocas horas en la taquilla y cuando su mujer, Marta, se despistaba, se metía en algún autobús, sólo para hacer la ruta como pasajero, sin ir a ningún sitio.

Cuando Marta tuvo el infarto, Rómulo empleaba todo su tiempo libre en hacer viajes como pasajero, por las montañas, incluso fuera de España.

En una ruta corta, cercana al “asilo”, se lo encontraron muerto en el asiento. Parecía dormido, con una sonrisa en la cara y la cartera abierta, con una foto de su mujer y otra suya, de joven en el autobús.

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